miércoles, 27 de agosto de 2008

Del referendum a las armas

El resultado del referendo, en el que tanto el oficialismo como la oposición lograron reafirmar sus posiciones, podría tener una grave consecuencia, la resolución del empate catastrófico a través de la violencia. Esta es la deducción que presenta el analista Gerardo E. Martínez-Solanas (ver nota). Dos posiciones encontradas que se sienten exitosas avanzarán en la ejecución de sus respectivos mandatos populares, confirmados con el voto, hasta que estos modelos antagónicos choquen. Este es el fracaso de la estretegia de Evo Morales, no lograr el apoyo masivo a su proyecto (territorialmente la mitad del país se opone) y al mismo tiempo reforzar a los autonomistas. El autor advierte que la oposición no debe entrar en el juego de la violencia orquestada por el oficialismo.

El fracaso estratégico de Evo Morales
Gerardo E. Martínez-Solanas
Firmas Press. El autor es economista y politólogo

En Bolivia se organizó el referendo revocatorio del 10 de agosto como un arma de doble filo para consolidar el gobierno de Evo Morales y erradicar el obstáculo formidable de los prefectos de la oposición que primaban en las seis regiones más ricas del país.

Morales anticipó astutamente los temores de la oposición por un posible fraude y su consecuente reacción de indecisión y abstencionismo. En esto acertó plenamente y se obstaculizó el referendo con acusaciones de fraude y recursos de inconstitucionalidad. Amplios sectores de la oposición no acudieron a las urnas, destacando su ausentismo las regiones donde el presidente Morales cuenta con mayor apoyo de la población. No en balde estaba tan confiado las vísperas de la consulta. Logró un 63% del total de los votos, es decir, 10% más del favor obtenido en 2005, aunque con menos número de votos que entonces.

Pese a este respaldo, fue una victoria pírrica que echa por tierra su estrategia de controlar todo el país. Esto depende de la aprobación posterior de una nueva Constitución que lo favorece. Un texto constitucional aprobado mediante la exclusión –por la fuerza– de los asambleístas opositores, que debería someterse a referendo en los próximos meses cuando Morales contara con el pleno respaldo de las autoridades de todo el país. Ahora no lo tendrá.

No contó con que el abstencionismo opositor no bastaría para lograr la revocación de los prefectos de Santa Cruz, Rubén Costas, con casi el 70% a su favor; de Beni, Ernesto Suárez, con el 62%; de Tarija, Mario Cossío, con el 65%; y de Pando, Leopoldo Fernández, con casi el 57%. A estos se suma la prefecta de Chuquisaca, elegida por la oposición hace pocos meses y, por lo tanto, no sujeta al revocatorio. Los dos restantes prefectos revocados son de la oposición y otro del Gobierno. Pero Morales no cuenta con seguridad alguna de poder reemplazarlos con prefectos oficialistas en unas futuras elecciones departamentales cuyas fechas no han sido fijadas todavía.

La aparente victoria personal es una rotunda derrota para la estrategia de Evo Morales, quien ahora debe enfrentar la ratificación en las urnas de las aspiraciones de autonomía departamental que esgrimen los prefectos confirmados para defender a sus regiones del embate centralizador y autoritario del oficialismo. Esto implica que estas regiones seguirán su curso para crear asambleas legislativas propias, controlar los salarios en la nómina pública, convocar a elecciones populares de vicegobernadores y corregidores, administrar la fiscalización y recaudación departamental con la correspondiente creación de una agencia tributaria departamental y organizar cuerpos de policía departamental.

Si la política boliviana consolidara en el futuro una democracia viable, estos acontecimientos son muy bienvenidos porque representarían el establecimiento de una variante eficaz de democracia participativa. Sería un paso adelante para hacer de Bolivia una república federal con gobiernos departamentales más accesibles al pueblo en la toma de decisiones. Por el contrario, una política de fuerza por parte del Gobierno central redundará en movimientos separatistas y hasta en una indeseable guerra civil que hasta podría adquirir tintes étnicos.

Esta última posibilidad es fomentada por el eje autoritario Chávez–Castro–Correa–Morales–Kirchner que afinca su poder en la polarización política en sus respectivos países hasta crear un enemigo externo que justifique el aplastamiento represivo de la oposición. Tal es así, que Chávez propone reiteradamente barrer con los títeres del imperialismo y, las fuerzas más extremistas le recuerdan a Morales cómo Mao Tse Tung sintetizó, en 1938, la decisiva y radical toma de decisiones donde “el poder político nace de los cañones de los fusiles”, porque “todo conflicto de esta índole lo decide la fuerza”.

Debe cuidarse la oposición boliviana de esta ominosa alternativa que imponen las fuerzas antidemocráticas. Suele convertirse en realidad con demasiada frecuencia.

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