jueves, 2 de octubre de 2008

La “marabunta” o el arte de intimidar en la política

Quienes –en 1954– vieron aquella película protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker titulada: “Cuando ruge la Marabunta”, en la que ambos batallan –en plena jungla ecuatorial sudamericana– contra una invasión de millones de hormigas asesinas denominadas “Marabunta”, seguramente no olvidarán la sensación de terror que se pretendía transmitir desde la pantalla.

Esas hormigas (que son también conocidas como “arrieras” u “hormigas ejército”) someten -operando en conjunto- a presas mucho más grandes que ellas. Científicamente se las conoce como Cheliomyrmex andicola. Viven bajo tierra, en las selvas de nuestro continente. De color rojizo y gran tamaño, tienen mandíbulas poderosas, en forma de garra, armadas con espinas que se enganchan a la piel de sus víctimas, depositando en ella un veneno que produce gran dolor. De allí el miedo que su sola mención genera en muchos.

Una “Marabunta” humana

Pues bien, aparentemente la “Marabunta” ha aparecido ahora en política. Al menos en América Latina. En distintos lugares de nuestra región y al impulso de los recursos que -con sus petrodólares- Hugo Chávez invierte fuera de su propio país, empujándola incansablemente hacia la izquierda radical.

La expresión más clara de la utilización de este tan particular instrumento en el ámbito de la política aparece en la conmocionada Bolivia, en cuyos “asuntos internos” hay (desde hace rato ya) abierta ingerencia venezolana.

En efecto, para presionar a su oposición -esto es a los pueblos del Oriente boliviano que rechazan sumergirse en el marco de atavismo que les propone Evo Morales- la administración nacional boliviana moviliza en todo el país -con ingentes y poco transparentes recursos financieros y logísticos dedicados específicamente a ello- a multitudes de presuntos campesinos, cocaleros y mineros que, armados, intimidan a sus adversarios y pretenden doblar su voluntad. A cambio de unos pocos dineros. Esto es, actuando muy lejos de la espontaneidad.

Estos mañosos ejercicios, que se extienden por espacio de semanas, se realizan con mucha frecuencia y reiteración. Lo cierto es que han devenido un “recurso ordinario” en materia política. Para presionar, aterrorizar, e intimidar.

Por esto seguramente el mismo “Diccionario de la Lengua Española” de la Real Academia define correctamente a la “Marabunta”, en una de sus dos acepciones, como a “un conjunto de gente alborotada y tumultuosa”. Es efectivamente así.

Producto de exportación

De algún modo, este fenómeno político es también conocido en otros países de la región, incluyendo a la Argentina.

Desde que los seguidores de Eduardo Duhalde organizaran cuidadosamente las tumultosas “protestas” callejeras que –de pronto– terminaran con el mandato del Presidente Fernando de la Rúa, el antidemocrático uso -y abuso- de “multitudes alquiladas” ha devenido herramienta frecuente. Casi usual. Previsible, por tanto.

Tan es así que, durante el reciente mandato presidencial de Néstor Kirchner (lo que seguramente no ha cambiado demasiado en la actual administración de su esposa) había en cada Ministerio de la administración nacional una sub-secretaría específicamente encargada de coordinar la acción del gobierno con los llamados “piqueteros”, de manera de que ellos aparecían cada vez que parecía conveniente -o necesario- atronar las calles, intimidar, o simplemente hacer “humo” para distraer. Organizados siempre con dineros públicos, según se sospecha.

Estos poco transparentes y nada espontáneos “sectores o movimientos sociales” están muy lejos de ser democráticos, desde que -con frecuencia- son, simplemente, un coro de acólitos profesionales de quienes los usan. La apariencia es una, pero la realidad es muy otra.

Cambian sus gritos y arengas por dinero y pequeños “regalos”. Y algunos de ellos son ya verdaderos “profesionales de la protesta”. A cara descubierta y con lealtades relativas.

Es frecuente que “multitudes” sean trasladadas -metódica y prolijamente- en enormes flotillas de autobuses y camiones a las que, al menos en la Argentina, se dota además de protección policial. De manera que ellas puedan ser efectivamente útiles, esto es cumplir milimétricamente con los cometidos que en cada caso le son asignados por el poder de turno.

Los “per diem” y “regalos” del caso, absolutamente habituales, se distribuyen a cambio de aplausos, consignas y vítores cuidadosamente pre-acordados. Un nuevo método de compra-venta política ha aparecido: una multitud de “títeres”, organizada y apoyada por el poder.

El sitio de Santa Cruz y la invasión de Cochabamba


En Bolivia unos 20.000 “campesinos” sitiaron recientemente -por espacio de trece largos días, hasta hace algunas horas- a la ciudad de Santa Cruz, la segunda del país, en la que la oposición a Chávez es ampliamente mayoritaria. La logística que estuvo detrás de ese sitio fue importante.

El referido “cerco humano” generó toda suerte de inconvenientes -y hasta privaciones- a la población sitiada y, como cabía esperar, perjudicó inequívocamente a la vida y actividades económicas de todos, generando pérdidas millonarias a una sociedad que debiera, en cambio, dedicar sus esfuerzos a tratar de paliar la pobreza que, desde hace siglos, la inunda.

Los participantes en las referidas protestas y amenazas multitudinarias estaban, no obstante, dispuestos a “continuar” -por un buen rato más- con su actitud de presión, suponiendo que los recursos del caso estaban para ello fácilmente disponibles. Probablemente con conocimiento de causa.

Este mecanismo de presión ha sido ahora interrumpido por la correcta insistencia de la Organización de Estados Americanos, argumentando (con razón) que, en ese patológico marco (que ya ha generado explosiones serias de violencia en Sucre y en la región amazónica de Pando) es imposible alcanzar -serenamente- los acuerdos nacionales indispensables para alejar a Bolivia del abismo al que ha sido conducida por la siembra constante del odio y el resentimiento por parte de Evo Morales y algunos otros.

Algo parecido sucedió en la ciudad de Cochabamba, sede de la “mesa de diálogo” en la que tienen lugar las conversaciones en curso entre el gobierno y la oposición. En sus calles se “estacionaron”, de pronto, unos cinco mil “campesinos” partidarios de Morales, venidos desde otros rincones de Bolivia, para -desde allí- hacer ruidosa “presión” sobre los participantes del diálogo y sobre sus respectivos “facilitadores” y “testigos” internacionales.

Muchos de ellos estaban armados, como es tradicional, con cartuchos de dinamita (que arrojan con toda precisión) y esta vez exhibían -sin empacho- toda suerte de armas de fuego, blandiendo palos amenazadores. Sin que nadie pudiera evitarlo.

Cuando en Palometillas, en las cercanías de Santa Cruz, un grupo compuesto por unos cuarenta fiscales judiciales trató de “hablar” con los aludidos sitiadores para que depusieran su actitud belicosa y proceder a decomisar sus armas, ello no fue posible, terminando con los fiscales dándose -indigna y vergonzosamente- a la fuga, en una carrera -a toda velocidad- por la ruta, perseguidos de cerca por una intensa pedrea, lo que naturalmente frustró la posibilidad de una conversación y, peor, dejó a algunos miembros de la comitiva de los fiscales en situación de “lesionados” o “contusos”.

Se actuó contra los aludidos fiscales cual verdadera “Marabunta” humana, detrás de la cual hay -repetimos- importantes recursos que estructuras y financian su compleja logística operativa, sin la cual sería imposible montar estos amenazadores espectáculos.

Adiós a los cortes de ruta, por un rato al menos

Tan pronto la presión internacional provocara, hace poco días, el levantamiento de estas multitudinarias amenazas (lo que, no obstante, fuera calificado por Evo Morales como de mera “suspensión” de “medidas de fuerza”) el mencionado Morales viajó a Nueva York y apareció en el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas vestido con piel de pacifista. Que pocos creyeron era real.

Por el momento, lo cierto es que las profundas divergencias de visión que existen entre las partes del complicado conflicto boliviano no parecen haberse superado. Ni siquiera las distancias han sido, en modo alguno, achicadas.

Morales aún pretende que sus opositores aprueben, a libro cerrado, un verdadero mamarracho normativo, al que los suyos llama pomposamente “proyecto de reforma de la Constitución Política de Bolivia”, documento que merecería un sonoro -e inmediato- aplazo en cualquier escuela de derecho normal, por los horrores de sustancia y de forma que contiene.

Los avances en esas conversaciones han sido hasta ahora pobres y, peor, tan pronto aparecen, terminan eclipsándose.

Los seguidores de ambas partes presionan, con actitudes de “Marabunta”, para que “no se cambie siquiera una coma” de los mismos documentos que, por disímiles y contradictorios, llevaron a la peligrosa crispación que padece la sociedad boliviana. Se niegan así a hacer concesiones. El consenso, salvo un cambio de actitud, será entonces imposible de alcanzar.

Desde las calles y carreteras de Bolivia el ruido a “Marabunta” sigue escuchándose. Con él se procura espantar la prudencia, evitar los acuerdos, aturdir a los interlocutores de las conversaciones y empujar, como natural consecuencia, a todos en dirección al caos.

Las partes acaban de anunciar la postergación del necesario “pacto de reconciliación” por una semana, para dar oportunidad a las comisiones de trabajo de avanzar en dirección a encontrar posibles acuerdos en materia de reforma de la Constitución y autonomías. Pero todavía hay algunas esperanzas de que se llegue al acuerdo.

Es cierto que la deformante actitud de la “Marabunta” humana tiene carta de ciudadanía en la política de nuestra región y que, al menos por el momento, no pareciera ser demasiado sencillo encontrar la forma de erradicarla.

Morales la sigue fogoneando, desde que ahora está encabezando una marcha hacia el Congreso (en La Paz), que no controla, el próximo 13 de octubre. Para cercarlo y presionarlo a convocar “referendums” para aprobar la reforma de la Constitución que sus fuerzas persiguen. “Por las buenas o por las malas”, dijo. Una definición que tiene, ciertamente, muy poco de democrática y mucho de las amenazas propias de la mencionada “Marabunta”, que no se compadecen con el juego de la democracia. Ocurre que hay muchos -es obvio- que no creen en ella y que, en todo caso, la usan para -desde su interior- tratar de destruirla para siempre.
Emilio J. Cárdenas
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